La era del conocimiento express: Dios no es financista

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Por Román Alberto Uez*

Foto: Imago images

Obtener la mayor certeza posible de que un conocimiento es verdadero o se comporta como tal, es una operación que requiere mucho tiempo. Su transcurso es el que permite validar la hipótesis millones de veces, en circunstancias parecidas y distintas a su vez, consiguiendo resultados similares. Ello es así porque el mundo tiene millones de formas de energía y materia en permanente movimiento hacia nuevos estados de equilibrio o caos. Esto implica que, a cada minuto que pasa, debemos volver a validar la hipótesis que queremos comprobar.

Millones de comprobaciones en escenarios diferentes que logren el mismo resultado no aseguran una certeza absoluta, sólo nos permiten, usando la ley de probabilidad estadística, concluir que ante determinado estímulo habrá una respuesta X con un altísimo grado de posibilidad.

Con este método la humanidad construyó conocimiento desde sus inicios. El tiempo es levadura donde fermenta el conocimiento, es lo que lo hace seguro y potente.

Desde los sumerios, asirios, caldeos, griegos, egipcios, aztecas, mayas, chinos, mongoles, venimos fermentando saberes matemáticos, astrológicos, arquitectónicos, médicos, físicos y químicos, que el paso del tiempo validó como verdaderos.

Ello nos dio la conciencia de poder conocer cómo funciona el universo detrás de las moléculas, los átomos, los electrones y protones que no podíamos ver. El tiempo validaba la forma en que nuestra mente imaginaba que sucedían las cosas. La intuición y la razón trabajaban juntas confiando una en la otra, para ir levantando los velos de oscuridad que cubrían los fenómenos.

Con el paso de los siglos fuimos inventando instrumentos para poder percibir la realidad de forma más exacta. Así surgen los artefactos que aumentan la percepción, como el telescopio para las estrellas, el microscopio para las bacterias y virus, los equipos de buceo para ver el fondo del mar, los satélites y cohetes para la observación del espacio. La arqueología nos acercó a las viejas civilizaciones, recuperamos y comprendimos saberes perdidos en el olvido.

Como nuestra capacidad de memoria y cálculo es limitada inventamos artefactos de memoria y cálculo externos, como los papiros, pergaminos, tablillas de arcilla, pedazos de cuero, libros, bibliotecas, contadores, calculadoras, computadoras, ordenadores, software y hardware de análisis de datos, la inteligencia artificial, la computación cuántica.

Hoy existe la idea casi completa de saber cómo funciona el mundo. Creemos haber descifrado el código de Dios. Con ese saber estamos intentando actuar como él para modificar su creación según los deseos de la elite en el poder, que se ha erigido en nuevo Dios.

Acá empieza el problema. La idea de jugar con Dios, a él le debe divertir vernos tratar de superarlo. La cuestión es que nadie nos consultó a los ciudadanos si queremos participar en el juego. Para jugar este juego tenemos dos problemas.

Primero, Dios tiene todo el saber y el tiempo disponible, nosotros no; y segundo: Dios no es financista, su lógica megantrópica es un sistema en equilibrio donde toda la materia del universo tiene su lugar y debe ser respetada en beneficio de la estabilidad total. Los cambios que Dios inserta en su código, en el tiempo de los dioses, lento, profundo, invisible e incomprensible para los humanos.

Los cambios que hacíamos los humanos eran intrascendentes, seguían la lógica megantrópica del sistema sin afectarlo para nada. Desde hace 300 años esto empezó a cambiar el crecimiento de la población y la ciencia-tecnología lentamente, que comenzó a afectar el equilibrio del sistema.

En esos tiempos, se empezaron a formar los mercados financieros que han copado la economía global en la actualidad y que han impuesto su lógica en todos los aspectos de la cultura global: la utilidad, rentabilidad y la velocidad. Todo objeto, ser vivo y proceso tiene que poder cumplir estos objetivos, sino es descartado.

La creación de ciencia-tecnología no pudo escapar de esta nueva lógica. La creación del saber ya no tiene el fin de ser acertado-seguro-verdadero, sino veloz-útil-rentable.

Acá chocamos la calesita. Dios está esperando en sus tiempos para hacer su chiste y desnudar nuestra ignorancia.

La productividad de la economía es determinada por el desarrollo científico-tecnológico, una mayor productividad debería desembocar en una mayor tasa de rentabilidad de la economía. El problema es que la creación de conocimiento es un proceso que, como vimos, requiere mucho tiempo para ser acertado-seguro-verdadero en términos de probabilidad.

La velocidad no es una cualidad que se pueda aplicar al conocimiento; por sofisticados, eficaces y eficientes que puedan ser los artefactos y mecanismos que hemos creado para aumentar nuestra percepción de la realidad, para ampliar nuestra memoria y capacidad de cálculo. Ellos siempre nos darán una foto sobre un momento dado de la energía y la materia en un espacio-tiempo determinado, para su análisis, no la comprensión total para todas las variables posibles de un sistema.

Hasta que el Amo del tiempo no verifique con su sentencia final que el resultado por probabilidad es el mismo ante millones de pruebas y circunstancias diferentes, no habrá conocimiento acertado-seguro-verdadero.

Para poseer la verdad absoluta deberíamos haber inventado el Aleph o haber logrado convertirnos en el Zahir, inmortales con vocación de dioses. La IA -último hito de la ciencia en mecanismos de aumento de percepción y capacidad de cálculo, no es ninguno de los dos.

No se puede estandarizar el conocimiento en pos de la velocidad y rentabilidad, hacerlo es condenar a la ciencia-tecnología al desprestigio y al error, a la humanidad al sufrimiento y al sistema financiero al colapso. Mantener la fe en ellos es vital para su funcionamiento, si ésta desaparece la ciencia es esoterismo y los mercados un casino, la humanidad un barco sin timón.

Hoy vemos que los entes reguladores mundiales que aprueban ciencia-tecnología no realizan estudios propios sobre las patentes nuevas y son aprobadas innovaciones que tienen solo pocos años de investigación y resultados estadísticos cuestionables.

La rentabilidad se logra anunciando en el mercado el lanzamiento de un nuevo invento aprobado por las autoridades en tiempos récord, las acciones de las compañías suben de manera brutal, los financistas toman su ganancia sin importar la calidad del conocimiento anunciado. Si no funciona, será el poder judicial en largos años de litigios, si alguien reclama una sanción o reparación, quien intente alguna solución. El sistema está preparado para cuidar, a toda costa, la rentabilidad de los inversores financieros siempre, no el conocimiento verdadero ni sus usuarios.

La confianza y la creencia ciudadana en que estos sistemas operan de manera limpia y responsable, con operadores éticos, solidarios y cooperativos, es lo que les permite existir.

La construcción de conocimiento nunca se subordinó a la rentabilidad financiera en la historia de la humanidad, sí al poder que emanaba de los poderes religiosos que, con su influencia, trajeron siglos de oscuridad, durante los cuales la ciencia-tecnología se estancó.

Los ciudadanos nos vemos obligados a convertirnos en autodidactas para hacer una adecuada administración de los riesgos que implica vivir en una sociedad donde las instituciones que regulan y controlan la ciencia-tecnología, han sucumbido a los fines del poder financiero.

Éste no es un escrito anticapitalista, por el contrario: el capitalismo creció de la mano de la ciencia-tecnología, con su método tradicional de construcción de conocimiento acertado-seguro-verdadero. El conocimiento express es solo una ilusión de verdad.

Regulemos y cuidemos la forma de construir conocimiento acertado-seguro-verdadero de forma que los ciudadanos accedan a resultados que les permitan seguir creyendo. De no hacerlo, se abrirá la puerta del Hades.

*Por el Dr. Román Alberto Uez, Abogado, Magíster en Derecho Administrativo y Magíster en Tecnología, Políticas y Culturas (Tesis en curso)