Viviendo en el pasado

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“Nunca preguntes por qué todo tiempo pasado fue mejor. No es de sabios hacer tales preguntas” (Eclesiastés 7:10-NVI).

Por Daniel De Marco

En 1969 el escocés Ian Anderson estrenaba con su grupo Jethro Tull el tema “Living in the Past” (“Viviendo en el Pasado”). En esta canción (que se convertiría con el tiempo en uno de los clásicos de la banda, conocida en nuestro país como cortina de un programa periodístico) Anderson cuestionaba sarcásticamente los ideales del hippismo y otros movimientos culturales de ese momento. Su postura, resumida en una frase, sería: “para vivir el presente y el futuro que ustedes proponen, prefiero quedarme en el pasado”. Cinco décadas después, y con una prolífica producción discográfica que incluye clásicos como “Aqualung” y “Grueso como un Ladrillo”, el inquieto celta ha perdido, como los zorros, su otrora melena rojiza pero no las mañas, y sigue en actividad, estrenando por estos días un nuevo álbum. 

El paso del tiempo es acaso una de las cuestiones que más han inquietado siempre al ser humano, y se han escrito innumerables páginas acerca del mismo. Uno de los referentes ineludibles en nuestra lengua son las célebres “Coplas” del español Jorge Manrique (escritas en ocasión de la muerte de su padre), donde afirma sin ambages que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y en nuestra cultura nacional tendríamos que pasar inevitablemente por numerosas canciones populares (particularmente tangos) donde se añoran los tiempos pasados, se tejen lamentos por el barrio que ha cambiado y ya no es el de antes, por  los malevos que ya no están, el farolito que nunca volvió a encenderse, etcétera… Y todo ese bagaje melancólico queda impregnado en el inconciente colectivo de una Argentina que, agobiada por los sufrimientos presentes, mira continuamente hacia  un pasado supuestamente glorioso, el de  una Tierra Prometida a la que llegan “hombres y mujeres de buena voluntad” para forjar un futuro de grandeza, y que ahora son glorias del ayer que se desvanecen como espejismos. 

Esto no significa renegar del pasado: es bueno conocerlo y tenerlo en cuenta para aprender de él. Lo peligroso es cuando nos quedamos prendados de las viñetas color sepia y nos volvemos incapaces de mirar hacia adelante: es entonces  cuando el  álbum de fotos se convierte  en una cárcel. Una vez más, lo que ocurre en el individuo también vale para el conjunto: pasamos décadas discutiendo sobre los mismos problemas y padeciéndolos, enfocándonos en buscar siempre alguien a quien culpar en vez de buscar la solución. 

Cuando se conduce es útil mirar los espejos retrovisores para advertir peligros, pero no se los  puede mirar permanentemente  porque sólo nos muestran el camino que ya no se vuelve a transitar. Sólo podemos tener esperanza en lo que viene, aunque las señales de la ruta nos indiquen que es más difícil avanzar. Quedarse anclado en el pasado, no tener proyectos o sueños por cumplir, no es otra cosa que renunciar a vivir. Y la vida es un don demasiado valioso para desecharlo… Si nos quedamos en el lamento de lo que se fue y no va a volver, habrá nuevas oportunidades que se nos van a pasar por delante y nos quedaremos empantanados en el mismo lamento. Mientras haya nuevos días por llegar, hay posibilidades de cambiar las cosas: depende de nosotros.