A 20 años del 11S: los hechos discordantes y el cambio de paradigma en la seguridad

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La inexplicable caída en demolición controlada de las torres, a la que se sumó la torre 7 no tocada por ningún avión, la lealtad de Bin Laden a la CIA, el hueco en el Pentágono donde no encaja un avión, el fallo de todas las medidas de seguridad ese día son algunos de los interrogantes no explicados. Los hechos justificaron posteriores invasiones estadounidenses a Afganistán e Irak y medidas de seguridad y vigilancia inéditas aplicadas a nivel mundial.

Los atentados del 11S trazaron una línea divisoria entre una época en retirada y otra con parámetros y lógicas radicalmente diferentes porque la denominada “guerra contra el terrorismo” modificó el escenario geopolítico e impuso nuevas ideas de “seguridad”, con costos en derechos humanos y libertades civiles, configurando un escenario en el que la privacidad fue la gran perdedora.

Si bien la vigilancia masiva ya era un tema de debate creciente años antes -en octubre de 1999 la cadena pública británica BBC había informado sobre la red secreta de espionaje internacional Echelon-, un mes después del 11S el Congreso estadounidense promulgó la ley Patriota, que autorizó la vigilancia electrónica sobre sospechosos de “terrorismo” sin orden judicial, así como investigar sus negocios y relaciones personales hasta el sexto grado de contacto.

Esta ley, aprobada por el Congreso estadounidense, habilitó un escenario favorable al establecimiento de un estado de excepción permanente, que de modo gradual instauró prácticas que limitaron derechos y garantías constitucionales en el mundo entero, e impuso como “naturales” escenarios de ilegalidad y de “excepcionalidad”.

De este modo, sobre la base de la “amenaza terrorista” que se cernía sobre el mundo, Washington justificó la guerra preventiva, de las cuales Afganistán e Irak fueron solo los ejemplos más notorios.

En 2013, más de una década después, el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y la CIA, Edward Snowden, filtró miles de documentos clasificados que pusieron al descubierto cómo evolucionó esta potestad casi sin límites entregada a los servicios de inteligencia, y como se transformó en una compleja red de colaboración entre decenas de organismos de inteligencia de varios países, bajo cuyo funcionamiento se expandió y consolidó una vigilancia globalizada sin ningún control democrático.

Las filtraciones de Snowden demostraron que Washington autorizó a sus agencias de seguridad a vigilar el uso del teléfono e internet en 193 países del mundo y que éstas recogían y analizaban diariamente 5.000 millones de registros de ubicación de teléfonos móviles y 42.000 millones de registros de internet -incluidos correos electrónicos e historiales de navegación- al mes.

En su libro “Vigilancia Permanente”, el propio Snowden cuenta sobre las consideraciones morales y éticas que lo empujaron a recopilar miles de documentos que demostraron “la actividad ilegal del Gobierno estadounidense”, para entregárselo a periodistas que los analizaron e hicieron públicos “ante un mundo escandalizado”.