El Teatro Nacional Cervantes cumple un siglo de historia

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Este domingo 5 de septiembre celebra su primer centenario, cada provincia y aun la Ciudad de Buenos Aires tienen sus teatros oficiales, pero el Cervantes es el único Teatro federal del país; además de las actividades propias suele recibir elencos provinciales y extranjeros, organizar competencias y concursos, y unir el trabajo escénico de la Argentina.

Nació como iniciativa de los españoles María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, quienes además eran un matrimonio, como homenaje a la ciudad que los había recibido con un afecto inusual desde su debut en 1897 en la sala del Odeón, demolido años después (1991) de la noche a la mañana a causa de la especulación inmobiliaria.

La magia parece no ser ajena a la construcción del Cervantes, pese a las penurias económicas, las discusiones de los arquitectos, la burocracia municipal e incluso su ubicación, que al principio iba a ser otra: el teatro entero, como un gran rompecabezas, fue armado en menos de tres años con materiales llegados desde España.

Desde el espectacular telón de boca bordado a mano en la Real Fábrica de Tapices de la Villa y Corte de Madrid hasta las butacas procedentes de Sevilla, cada una de las partes -cortinados, losetas del piso, vitrales, pinturas, faroles de los pasillos, azulejos, bronces y hasta el curioso cartel que indica “Caballeros. Aquí es.” a la entrada de uno de los baños- fue elaborada primorosamente en la Península Ibérica.

Se le puso Cervantes por imposición de la voluntad de doña María, ya que había interés en llamarlo María Guerrero en su honor -tal era la devoción del público porteño por ella, entre el que no faltaban nombres que ahora están en los libros de historia-, pero la diva insistió en aquella denominación, que para ella era la mayor gloria del idioma que hablamos.

Aquel 5 de septiembre el Teatro levantó su telón para que don Fernando -los Díaz de Mendoza tenían, además, alguna pizca aristocrática en sus ancestros- recitara un poema sobre la grandeza de la nueva sala y luego para la representación de “La dama boba”, de Lope de Vega, con que la pareja debutó 24 años en el Odeón (un fragmento de esa obra se verá, dirigido por Santiago Doria, en el acto celebratorio de mañana).

Durante sus primeros años el escenario del Cervantes -que era uno solo, las otras salas agregadas son muy posteriores, incluida la Orestes Caviglia, que era una lujosa confitería- albergó toda clase de espectáculos nacionales y extranjeros, casi siempre con gran éxito.

Como todo ente vivo, el Teatro Nacional Cervantes reboza de energía: acogió a las figuras más brillantes del arte escénico, propios y de otros países, pero también sufrió disputas internas entre las autoridades, alteraciones de propósitos, el peligro de ser privatizado para otros destinos, el desgaste del edificio, el agregado de salas, conflictos con el personal estable y el desgraciado incendio de 1961, poco tiempo antes de cumplir 40 años.

El TNC es un sitio muy especial para artistas, artesanos y el personal admistrativo: en su prestigioso taller de vestuario se diseñan prendas, se las confecciona o reforma y también se usan las ya existentes, cuando están en buen estado, con la particularidad de que estas llevan, por razones de orden, una pequeña etiqueta con el nombre de la última persona que la usó.

Dentro de las supersticiones del medio artístico, calzar una prenda con el nombre de alguien que ya no está conlleva sensaciones ambivalentes: aprovechar la “energía” y el afecto de quien fue colega y, al mismo tiempo, el ligero temor que produce esa textura cargada de misterio. Porque en el Cervantes, como en todos los viejos teatros, existen los “fantasmas”.

El o la intérprete vive la experiencia única de ser ellos mismos y en forma simultánea el personaje con que sale a escena. No sucede en todos los oficios.

Esos “fantasmas” o “presencias” son siempre bonachones y traviesos; mayormente “se comunican” por las noches con técnicos y artesanos -con los actores menos-, los llaman por su nombre sin dejarse ver, les cambian los objetos de lugar, provocan inexplicables corrientes de aire, zumban en algún rincón, abren o cierran puertas y cortinados o sacuden una determinada butaca de la tertulia.

El público que acude a las funciones sabe poco de esos prodigiios y en general descree de ellos; los involucrados que sí creen afirman haber tenido “experiencias” extrañas o cuentan de alguien cercano que las tuvo. Por eso el TNC, como reducto histórico del arte, la fantasía y la magia, también guarda sus propias leyendas.