Calle con salida

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Hombres de valor, algunos que están saliendo, ninguno se considera un modelo terminado, pelean cada día, están aprendiendo a vivir luego de mil infiernos.

Por David González

Llegamos al lugar y la gallega del GPS nos indicó el rumbo con giro a la derecha; la primera imagen fue calle de barro y nos dedicamos a esquivar charcos, como tantas veces, pero esta era especial porque tenía que ver con el propósito. Cómo no hacerlo.
Pero eso no era lo llamativo del caso, era natural, venía lloviendo hace unos días y en el conurbano estas postales son ampliamente conocidas. El punto es que era una calle sin salida y en el fondo bien alto un cartel verde que decía “Se puede”.


Sabíamos que al conocer ese lugar nos llevaríamos más cosas de las que fuimos a buscar. No es la primera vez que me pasa que cuando vas a ver si podes desde algún lado estirar una mano abierta y te llevas la mano repleta de cosas. En esta oportunidad fuimos a escuchar y a conocer a quienes ya nos esperaban con la mesa puesta. El plan era como lo es siempre, sumar amigos, estirarnos, acompañarnos y teflonar una, dos o 100 circunstancias que nos apremian a todos pero en algunos contextos se requiere una vuelta más, íbamos sintiendo desde el primer contacto que era ahí donde teníamos que estar.

En el hogar nos recibió Jerónimo el coordinador del centro de rehabilitación para personas en situación de calle y con problemática de adicciones. Antes de entrar apareció uno de los que en este tiempo no dejan de remar, bien dicho estaría para el clima de ese día, aunque llegó pedaleando en bicicleta. Un vendedor de chipa, compramos algunas para compartir una charla que traería cosas más ricas.


Ya de entrada y con muy buen ánimo el encargado del lugar nos presentó algunas de las personas que conviven allí, otros luchadores que luego de un periodo de desintoxicación pasan a una etapa en la que buscan con apoyo y contención la reinserción y porque no la reinvención de sus vidas. Un propósito y sustento personal y el de los otros muchachos que conviven en el hogar, el cual se da mediante la fabricación de masas dulces, bizcochos y medialunas que venden en distintas partes.


“Esa es una cara del proyecto”; nos comentaba Jerónimo, quien hoy es el encargado no solo de la administración del lugar sino también de acompañar, velar, aconsejar y guiar al resto de los 30 muchachos que van reconstruyendo sus vidas e historias en el hogar. La otra parte del recurso material es el espiritual dado que todo lo que realizan y deciden lo hacen revestido de la fe en el evangelio que llevan como bandera cada vez que entregan una bandeja de masas como cuando se los escucha hablar. Un testimonio de carne y hueso, la cara más poderosa de cualquier doctrina y religión.

Mensajeros en zapatillas que caminan por algún barrio del conurbano profundo, que suben a los trenes, que las primeras veces buscan venderles o acercarles desde un lugar diferente a conocidos, amigos o vecinos la oportunidad que ellos recibieron, a la que se aferran y no quieren soltar, algo para el mate pero también una vida distinta sin sobresaltos, temor, problemas con la justicia, sin las garras de la droga ni el alcohol. Nunca dejan de recordar en cada frase lo que da nombre al hogar “Se puede”. La charla y los mates siguen y de fondo se escucha el ruido de una máquina de pelo que uno de los muchachos utiliza en un rincón que funciona como barbería para los compañeros del lugar.


Cada día preparan sus canastas luego de la fabricación y salen a la calle, quizás la misma que los vio ir a comprar veneno, las mismas veredas que los encontró trasnochar, la misma esquina donde se encontraron con la muerte y el diablo, donde sin pensar lo que vendría saltaron a hacer lo malo como le llaman.


Pero hay una gran diferencia ya que ahora salen lúcidos, frescos luego de un buen descanso, con un propósito mayor a solo vender, que es pasar la antorcha, recuperar a alguien más.


Caminan algunos días embarrados, batallando con el clima, con la vergüenza de la primer canasta algunos, pero con un escudo contra todo llamado Fe y gratitud a un Jesús a quien no dejan de mencionar y con quien se sienten identificados, tal vez por haberse sentido solos frente a la traición de algún amigo, a quienes los golpes de propios y extraños lo llevaron a arrastrarse y sentirse despreciados por el resto, olvidados, como su máximo referente también llevan marcas de distintas formas y que provienen de múltiples caídas y batallas, será por eso, y la identificación es tan fuerte que así también se sienten resucitados y cada uno de ellos guarda su tercer día de resurrección en la memoria emotiva.

Vamos recorriendo el lugar y al llegar a la panadería vemos lo justo y necesario para armar el emprendimiento que a estos guerreros de la vida los asiste a sustentarse día a día, ni más ni menos, llevan adelante un proyecto que salva vidas del desastre con lo justo, cualquier emprendedor hiper exigente no se animaría a arrancar ni con el doble pero a ellos los empuja la vida.


Si bien como nos comentan con la pandemia bajó un 70% la venta siguen adelante y no se detienen, sin ayuda del estado ni de ninguna otra organización avanzan y no les falta para el plato de comida diaria, tampoco se quejan sino agradecen aun teniendo un menú monocorde y sin poder elegir qué comer hoy o mañana. Los que conocen y compran un producto del hogar pueden ver una puerta, esa ventana, esa salida para algún familiar o amigo que está en el pozo oscuro de la adicción.

Hombres de valor, algunos que están saliendo, ninguno se considera un modelo terminado, pelean cada día, están aprendiendo a vivir luego de mil infiernos, de haber probado lo malo y preguntarse como Jerónimo, ¿Si ya probé lo malo porque no probar con lo bueno?, quien luego de un tiempo de mucho aprendizaje, de haber trabajado en sí mismo y sentir el llamado a sostener la obra es quien los acompaña con aplomo y autoridad.


Parece una bandeja de galletitas lo que llevan pero es un bocado de esperanza, una oportunidad de cambio de un grupo de valientes, los que un día estaban endeudados, fueron rechazados, excluidos, vivían solos y angustiados, o con familias que agotadas por tal situación, a-dictos, los sin palabra, los que no tienen, no pueden o no saben cómo decir su dolor, abandonados, perdidos, confundidos, condenados, por la vida, por la sociedad, por sus errores, por la deriva cultural, por la exacerbación del consumo en todos los niveles y la indiferencia de todos.


Desde ese lugar y haciéndose cargo de su historia buscan emerger, se buscan ayudar mutuamente y empoderarse como comunidad, entendiendo el poder de lo colectivo, aportando cada uno algo, su personalidad que van recuperando paso a paso y sumándole carácter, y un día, el menos pensado se ven sirviendo juntos y pasan a ser un faro para otros con su propia experiencia.
No tienen nada asegurado, ningún día, pero en definitiva ¿Quién lo tiene?, les faltan más manos, tienen dificultades propias del lugar y circunstancia, está todo por hacer, tienen hambre de crecer y expandirse, porque saben que lo que no era puede ser, que aunque nadie lo vea ni crea, ellos lo pueden contar porque lo experimentaron.


Ven milagros cada día y despertarse cada mañana es uno, cuando se miran haciendo alguna tarea del lugar se ríen pensando dónde están y donde estarían en otro tiempo, tienen la certeza que si seguían el mismo rumbo sin dudas ese lugar sería la cárcel, un hospital o un cementerio.

Pero hoy respiran un aire limpio, no dejan de buscarle la vuelta y los más crecidos ayudan a los que quieren recaer, lo hacen porque volvieron a nacer y saben que para los que están afuera con el mismo problema pero también para los que están dentro del hogar “Se puede”. Una gran avenida con Salida.