Por Ariel Daza

En el barrio Ejército de los Andes, o más conocido como Fuerte Apache, habían muchas tradiciones, o mejor dicho, cosas que se repetían constantemente y se tornaban habituales, como los torneos de bolitas que se daban en cada pedacito de tierra entre cualquier nene que desafiaba a otro; los vecinos que bajaban a saludar en grupo después del brindis de las doce de la noche en cada navidad; los truchitos, una especie de Uber barrial cuando no existía internet, donde suben cuatro o cinco pasajeros para ir y volver de Liniers; los padres que preferían que sus hijos estudien en colegios de Villa Real, Devoto o cualquier otro barrio del otro lado de la General Paz; o los sonidos de tiros por algún enfrentamiento por bandas rivales que no sorprendían a nadie.

En ese contexto, en este rincón del noroeste de Capital Federal y a pocas cuadras de esa avenida/frontera que es la General Paz, con 33 hectáreas y más de 5000 viviendas, 60.000 habitantes, entre monoblocks, nudos y tiras, estaban Mario, Jonathan y Ariel, tres nenes de 7, 8 y 13 años respectivamente, que se apuraban cada tarde para poder recibir el mejor regalo de cada día, que a su vez, también era la mejor tradición de todas que había en el barrio: salir a jugar a la pelota.

En uno de esos tantos partidos en los potreros de Fuerte Apache, donde la pelota estaba endemoniada por la cantidad de saltitos que daba por la uniformidad impoluta de la cancha, los arcos eran dos buzos, el movimiento descendente del sol que empezaba a esconderse era el reloj de finalización, y el premio al ganador era una gaseosa que se compraba con las monedas del equipo perdedor, estaban estos tres hermanos defendiendo los colores de su amado Monoblock 12 que esa tarde jugaba contra su eterno clásico, el Monoblock 11.

Más allá de que en ese duelo se apreciaba, como siempre, la fuerza, la velocidad y la destreza de cada uno de estos pibes, en esa tarde emergió la figura de Jonathan, el hermano del medio, porque era el portador de aquella picardía de amagar una conducta para decidirse por otra, mezclada con la lealtad del que ayuda a un compañero que está en problemas porque lo fueron a presionar, pero que también poseía la avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, en cada gambeta, imprimía su inteligencia y su virtud sobre los demás. Por su parte, Ariel, el hermano menor que no poseía ningún tipo de don futbolístico por lo cual su posición era determinada por el castigo habitual de ir al arco, fue testigo de una de las tantas pinceladas de su hermano mayor.  Por tal motivo, y por semejante demostración, luego de un extraordinario gol donde Jony gambeteó hasta la última piedrita que había en el campo, un defensor rival lanzó una queja al aire que, con el tiempo, se transformó en el inicio del descubrimiento de un mito: “¿Qué te hacés el Maradona vos!?”.

Para los pibes de la generación del 90, los que no lo pudimos ver en su máximo esplendor y nos perdimos todos sus recitales por los estadios del mundo, esa frase era repetida infinidad de veces, para definir al mejor jugador de cualquier potrero del país, y hasta me animaría a decir, de cualquier cancha en cualquier rincón del planeta. Y ese arquerito del Monoblock 12, con el tiempo se transformó en el autor de estas letras, y por lo tanto, fue de esta manera en el cual conocí a Diego Armando Maradona. Una persona que fue muchas personas. Una persona que se convirtió en una reivindicación popular en pantalones cortos de los que menos tienen, en un milagro posible para un pedacito de tierra en la que el viento sopla en contra, en un héroe que cicatrizó heridas con dos goles después de perder 600 pibes en las Islas Malvinas, en un superhéroe que condensó en sus dos piernas las miserias de Villa Fiorito y los máximos lujos de Dubai, una hombre que pudiendo ser Goliat siempre eligió ser David, un pendejo que transformó el Estadio Azteca en su potrero de zona sur, o el futbolista que traspasó la barrera de todos los deportes porque Michael Jordan fue el Maradona del básquet, Muhammad Alí fue el Maradona del boxeo y Roger Federer es el Maradona del tenis.

Diego Armando Maradona vivió entre nosotros, en este planeta que lo vio nacer y lo vio sufrir, 21.941 días en total, así que si por esas casualidades algún lector transitó por este mundo entre el 30 de octubre de 1960 y el 25 de noviembre de 2020 debería celebrar el ser contemporáneo de su era.

El célebre rapero Tirone José González, más conocido como Cancerbero, fue uno de los mejores raperos de la historia (el Maradona del rap latinoamericano, je) y fue autor de una canción mítica llamada “Es épico”, donde se autorretrata descendiendo al más profundo de los infiernos después de morir e intenta volver a la vida en un duelo mano a mano contra el mismísimo diablo. No me extrañaría que el Diego esté compitiendo de la misma manera, pero en vez de usar rimas, esté desplegando, en este preciso momento, sus gambetas en un picadito arco a arco.

“No se muere quien se va, sólo se muere el que se olvida”, rapeó Cancebero, en una de sus líneas más recordadas. Y por tal motivo, el Diego nunca será olvidado, por más piernas inglesas que intenten frenarlo, enfermeras rubias que deseen acompañarlo al doping de turno, dirigentes corruptos de FIFA que quieran limpiarlo, u oportunistas de siempre que lo vieron más como un producto que como un mito. En una actualidad, donde gracias a la tecnología, las redes y los medios de comunicación, muchas personas saltan del anonimato a la popularidad absoluta. Piensen lo siguiente: ¿Hubo gente que se mareó porque le fue bien en YouTube? Imaginate lo que debe ser tener el mundo a tus pies durante más de 40 años.

Diego Armando Maradona estará presente en cada partido, en cada picadito, en cada lugar donde haya una pelota de fútbol, como aquel donde se enfrentaron los Monoblocks 11 contra el 12 y donde ni recuerdo al ganador, sólo recuerdo aquella frase, en un día donde Jony fue Maradona por un ratito.

El fútbol te va a extrañar. Buen viaje, Pelusa.