Por Daniel De Marco

No es ninguna originalidad afirmar que la Pandemia desatada durante el pasado año trastocó completamente el escenario socioeconómico mundial. En el caso de la Argentina el Covid-19 vino a asestar un nuevo golpe a la ya alicaída economía local, y las esperanzas de una pronta recuperación depositadas en el nuevo gobierno que asumió en Diciembre de 2019  se diluyeron rápidamente.

Un reciente informe de CAME citado en un artículo de BAOpina del  pasado 28 de diciembre da cuenta de que desde el inicio de la cuarentena dispuesta por el DNU 297/2020(19/03/2020) y siguientes,  en todo el país “(…) se puede estimar un total de 90.700 locales vacíos, con el cierre de 41.200 PyMEs, lo que involucra a 185.300 empleos”. La inactividad forzosa llevó a que muchos comerciantes, al no poder cubrir sus costos fijos (alquiler de local, servicios, sueldos y cargas sociales) se vieran obligados a cerrar, con la consecuente pérdida de puestos laborales. Los que pudieron subsistir debieron apelar a nuevos canales: según el informe citado, “muchos comenzaron a vender en sus casas o por redes, aprovechando que sus clientes y la comunidad los conocen y rápidamente ubican su nuevo punto o modalidad de venta”.   ( http://www.baopina.com/2020/12/28/segun-un-relevamiento-hay-un-promedio-de-9-locales-vacios-por-cuadra-en-todo-el-pais/)

Si bien esta brusca reconversión encuentra actores ya adaptados al nuevo panorama, ¿qué ocurre con aquellos que siguen sin trabajo? El fenómeno del desempleo en nuestro país, al igual que la inflación, viene sufriendo desde hace varios años un persistente crecimiento: después de alcanzar un pico histórico de 20 % en 2002 y de descender progresivamente hasta mantenerse desde 2007 en cifras de un dígito, la tasa de desempleo en la Argentina volvió a los dos dígitos en el primer trimestre de 2019(10,1 %). En el tercer trimestre de 2020, con el impacto adicional de la pandemia, este índice alcanzó el 11,7 %  según el INDEC, en tanto que para el Observatorio de la Deuda Social de la UCA dicho índice asciende al 14,2%. 

Más allá de las cifras expuestas, no es difícil suponer que con una futura reactivación económica éstas deberían verse, en principio,   reducidas; no obstante, la experiencia en distintos países y en distintos momentos de la historia aporta evidencias  de que no todos los afectados por el desempleo reaccionan de la misma manera, y que mientras algunos podrán encontrar trabajo más rápidamente a otros les costará más, al punto incluso de abandonar la búsqueda de empleo (lo que se conoce como “efecto desaliento”) y resignarse a cobrar algún tipo de subsidio o plan social. 

En otro sentido un artículo de “El Economista” del 21/12/2020 da cuenta de un informe conjunto de Bumeran y el Ministerio de Desarrollo Económico y Producción de la Ciudad de Buenos Aires del cual surge que la demanda de empleo  en el sector tecnológico en el AMBA  durante el tercer trimestre del pasado año representó el  15,1% de las búsquedas de empleo, con los programadores a la cabeza. No obstante lo señalado, dichos avisos reciben sólo un cuarto de postulaciones versus el promedio general de la plataforma. (https://eleconomista.com.ar/2020-12-preven-poca-recuperacion-del-empleo-y-una-tasa-de-desempleo-aun-elevada/). En otras palabras: 

las empresas que necesitan cubrir vacantes no encuentran personas capacitadas, con lo cual se produce un desajuste entre la oferta de trabajo y la demanda de trabajo, lo cual conduce a un “desempleo de largo plazo” o “Desempleo Estructural”, el cual es definido por los Premios Nobel Paul Samuelson y William Nordhaus como el “desempleo resultante del hecho de que el patrón regional u ocupacional de puestos de trabajo vacantes no coincide con el patrón de disponibilidad de los trabajadores”. 

A diferencia de un desempleado circunstancial, que se queda sin trabajo en forma temporaria y que puede reinsertarse sin mayor inconveniente, los desempleados estructurales son, según la experta en Recursos Humanos  Martha Alles, “personas que han entrado en la clasificación de desocupados de larga duración o que, si no lo han hecho, seguramente ingresarán en esa categoría; si no media alguna acción externa que modifique su empleabilidad, tienen muy pocas chances de reingresar en el mercado laboral(…)”(énfasis agregado).

Este comentario pone en el tapete una cuestión inquietante: si el desocupado no puede mejorar su empleabilidad por sus propios medios, ¿cuáles podrían ser las “acciones externas” que lo ayudarían a entrar nuevamente en carrera? Y otro interrogante más inquietante aún: ¿quién se hace cargo de ejecutarlas, y de qué forma? La respuesta posible, por extraña que parezca, proviene de la Geometría…

El Triángulo “Virtuoso”

En 1968 se expuso por primera vez el modelo del “Triángulo IGE”, más conocido como “Triángulo de Sabato” en alusión a su creador, el físico Jorge Alberto Sabato. Según este modelo, en el proceso de desarrollo científico y tecnológico de las naciones se pueden distinguir claramente tres actores: 

  1. Infraestructura Científico-Tecnológica (I): entendiéndose como tal  fundamentalmente al sistema educativo y los centros de investigación(también se la podría llamar “Infraestructura del Conocimiento”) 
  2. Estructura Productiva (E): el conjunto de proveedores de bienes y servicios de una determinada comunidad (empresas). 
  3. Gobierno (G): en palabras de Sabato, este vértice “comprende el conjunto de roles institucionales que tienen como objetivo formular políticas y movilizar recursos de  y hacia los vértices de la estructura productiva y de la infraestructura científico-tecnológica a través, se entiende, de los procesos legislativo y administrativo”. 

Luego, según la descripción del autor, “podemos imaginar que entre estos tres elementos (Infraestructura-Gobierno-Empresas) se establece un sistema de relaciones que se representaría por la figura geométrica de un triángulo, en donde cada uno de ellos ocuparía los vértices respectivos (…)”. En consecuencia la representación gráfica del modelo sería la siguiente: 

. Gobierno

▷ Tipos de triángulos. Clasificación, área y perímetro. Ejercicios  resueltos.

Estructura Productiva       Infraestructura Científico-Tecnológica

En este marco conceptual (recogido en el libro “Ensayos en Campera”, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2004) Sabato sostenía que el desarrollo económico de una nación está subordinado a la fluidez de las relaciones que establece cada uno de estos vértices dentro de sí mismos (intrarrelaciones), entre sí (interrelaciones) o la que cada vértice pueda establecer con el contexto externo (extrarrelaciones).  A grandes rasgos, su diagnóstico para el caso argentino era que la falta de fluidez en las relaciones ya citadas conducía a nuestra nación a un progresivo estancamiento científico- tecnológico (y por ende económico) y afirmaba que la clave para alcanzar el éxito en este proceso consistía en “saber dónde y cómo innovar”. 

Así como Sabato pensó  su “triángulo” en relación al desarrollo científico y tecnológico, este modelo también podría ser aplicado para solucionar el problema del desempleo estructural. Si consideramos que el problema comienza con las empresas que no pueden cubrir sus puestos vacantes; que esta situación interesa sobremanera al gobierno porque la cantidad y calidad de empleo repercute indiscutiblemente en el bienestar de la comunidad; y que en el actual contexto competitivo el nivel de conocimientos que necesita un trabajador(sin importar la tarea que desempeñe) requiere en forma ineludible de una adecuada infraestructura del conocimiento, podríamos considerar el análisis de la Demanda Laboral Insatisfecha a través del “Triángulo de Sabato”.

La experiencia histórica en países tan disímiles como Irlanda, Chile o Malasia refleja que la interacción fluida y constante de los tres factores redunda en una optimización de la formación profesional de los potenciales trabajadores y un aumento de su empleabilidad. 

Junto al Conocimiento, el otro factor que será fundamental para “saber dónde y cómo innovar” será la incorporación de las llamadas “habilidades blandas”. En su libro “¡Sálvese quien pueda”(Debate, 2018), el periodista Andrés Oppenheimer señala que “las habilidades como la creatividad, la originalidad, la inteligencia social y emocional(…) serán clave para las profesiones del futuro”. En el mismo trabajo cita ejemplos de países donde el Estado interactúa con las empresas para la formación y entrenamiento de estudiantes (Alemania, Australia y Corea del Sur), y afirma que ante un futuro panorama de mayor inequidad social a nivel mundial “la educación es, y será cada vez más, el secreto de la supervivencia laboral y de la prosperidad individual”.

Desde una óptica menos “darwiniana”, la alianza estratégica entre gobierno, empresas y sistema educativo no sólo es necesaria sino crucial para el pleno desarrollo de las capacidades de los actores de la economía y para el beneficio del conjunto social. De no hacerlo, seguiremos padeciendo frustraciones y desaprovechando oportunidades, como ya lo advirtiera nuestro primer economista: 

“Sin educación, en balde es cansarse, no seremos más que lo que desgraciadamente somos”, Manuel Belgrano.