Por David González

Un rey árabe atravesaba el desierto cuando de pronto se encontró con la peste. El rey se extrañó de encontrarla en aquel lugar:
– Detente, peste, ¿a dónde vas tan deprisa?
– Voy a Bagdad- respondió entonces ella- Pienso llevarme unas cinco mil vidas con mi guadaña.
Unos días después, el rey volvió a encontrarse en el desierto con la peste, que regresaba de la ciudad. El rey estaba muy enfadado, y dijo a la peste:
– ¡Me mentiste! ¡Dijiste que te llevarías a cinco mil personas y murieron cincuenta mil!
– Yo no te mentí- dijo entonces la peste– Yo sesgué cinco mil vidas… y fue el miedo quien mató al resto.

El cuento que traigo en esta ocasión es adecuado al contexto que estamos viviendo a nivel global, un contexto en el que una peste llegó de repente para poner una pausa al fluir de nuestras vidas. Un virus que vino para imponer cuidados especiales, protocolos, sistemas trastornados, muerte, soledades, perdidas y crisis de distintos tipos, entre las que aparecen las del sistema de salud, la económica y las relacionales como las más urgentes.


Como muestra el cuento la peste apareció De pronto, inesperadamente, de repente y sorprendió a todos, sin la posibilidad de anticiparnos o tomar medidas preventivas al respecto. Pero no solo eso, sino que manifestó que no estábamos preparados para cubrir otras necesidades básicas que ya existían en el mundo, nuestro mundo, del que somos huéspedes, en el que viajamos juntos, el que compartimos con otros, hay infinidad de necesidades básicas no resueltas, con hermanos rotos, descartados, olvidados, al margen de un sistema mundial que excluye y no reconoce ni identifica lo que no produce ganancias. Pero no hubo tiempo ni lo hay para reproches ni culpas, tampoco para clasificar en clases o condición social, ni sexo, edad o religión, nos vimos De pronto vulnerables de toda vulnerabilidad, chiquitos, finitos, espantados unos más que otros, frente a unas gotas de saliva.


Un mundo así, dividido en desigualdades urgentes y escandalosas, lastimando lo que encuentra a su paso sean personas, naturaleza o el mundo animal, que agrede, se agrede a sí mismo, se cae por su propia confusión. Un mundo que sigue en conversaciones racistas, guerras, teorías conspirativas, hambre, esclavitud y amenazas de bombas o discriminaciones sin tregua solo podría aspirar a caminar para atrás como un cangrejo. Un mundo así no puede seguir, así como si nada.


En este mundo compartido en el que también hay conciencia de unicidad, con almas generosas y solidarias frente al llamado o los gritos de nuestros hermanos en distintas latitudes, en distintos rincones del planeta tierra, que claman por más paz, por más amor, por alegría en medio de la tristeza, por un tanto de comprensión y compasión frente al dolor. Tantos otros que extienden su mano para ayudar, asistir, acompañar, servir se convierten en una luz que disipa la oscuridad y esos son los que no se ponen a conversar con la peste como el rey del cuento, los que no tienen conversaciones con la muerte sino con la vida, los que se despiertan cada día con con más esperanza, con más entusiasmo y ganas de seguir vivos, de salvar a alguien, de alegrar a un niño o darle esperanza a un anciano con una fuerza arrolladora que solo puede provenir de las riquezas guardadas por los siglos en el corazón humano, una fuerza motorizada por el amor ante lo cual todo se desvanece y se inclina.


La invitación en este cuento es a conversar con la vida a que no cedamos al temor y el pánico que nos repiten hasta el cansancio los noticieros, que nos envenenan desde temprano, a que descubramos el enorme potencial humano que tenemos, el profundo misterio espiritual que nos moviliza y nos constituye, que estemos curiosos por aprender algo nuevo, que nos cuidemos cada vez más, nos desafiemos y valoremos como nunca, que podamos crecer en virtud, en belleza, en arte y que visitemos un sueño nuevo cada semana, una obra de arte, una composición musical diferente, una historia de vida nueva cada mes, otro libro o pintura, un nuevo habito que nos genere bienestar y buen vivir en cada paso y cada decisión.


Si lo logramos, si logramos reconocer que vamos a ganar, como tantas veces lo hicimos como humanidad, superando tragedias inesperadas, desastres incomprensibles, atrocidades naturales y humanas lideradas por el ego, esta vez también lo podremos hacer, lo vamos a hacer y te invito a que salgamos mejores y que las pérdidas que nos dejó este tiempo valgan el esfuerzo, que no hayan sido en vano.


Que en cuanto a lo físico y concreto de esta peste hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para cuidarnos y cuidar a todos y así practicaremos el amor y conversaremos con la vida y desde la vida, para que no sea cegado por la muerte, el temor y el pánico ninguno más de nosotros. No podemos morirnos de miedo a morir, que esta situación no apague nuestra luz, la ternura, la esperanza, los sueños y proyectos, los corazones ilusionados, tus ganas de seguir sonriendo.


Permitime decirte algo, no podemos elegir a veces las circunstancias, pero podemos elegir que conversaciones tener y con quienes, podemos quejarnos, criticar, ser indiferentes o crear nuevos mundos, una salida, una idea. Hoy mismo vos podes hacer algo, necesitamos cultivar el coraje frente a la cobardía de tantos, salir a sembrar alegría, animarte a más, estirarte, comprometerte, bajar los brazos y levantar los de otros, encender tu llama interior y brillar para que otros también se animen al sentirse inspirados, y quien dice que mañana amanezca un nuevo sol, que sale siempre y para todos, y al derretir nuestros dolores nos abrigue para continuar fortalecidos llevando como una antorcha un impacto positivo en este nuestro mundo y que nos volvamos a encontrar sabiendo que estamos vivos de milagro.


MORALEJA: ‘EL MIEDO PUEDE SER MÁS DESTRUCTIVO INCLUSO QUE AQUELLO QUE NOS ASUSTA’