Casi 232 millones de estadounidenses definirán este martes la elección entre el actual mandatario, Donald Trump, del Partido Republicano y Joe Biden del Partido Demócrata, en una elección que puede marcar un antes y un después en el curso de los acontecimientos mundiales.

Con una votación anticipada récord, millones de ciudadanos estadounidenses se movilizarán este martes para elegir presidente, renovar toda la Cámara baja del Congreso de 435 miembros, un tercio del Senado y 11 gobernadores, más el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, en medio de un fuerte clima de polarización política, de la peor crisis económica en décadas y con las cifras epidemiológicas de la pandemia aún sin control.

La mayoría de las encuestas pronostican una victoria del candidato abanderado del globalismo progresista, el exvicepresidente Joe Biden, y su compañera de fórmula, la senadora Kamala Harris, tanto por el voto popular como en el Colegio Electoral, que es el que vale legalmente.

Sin embargo, los sondeos se equivocaron hace cuatro años y, por eso, el presidente y candidato a la reelección, Donald Trump, sostiene que repetirá la sorpresa de 2016, con el apoyo de los sectores patrióticos y nacionalistas de la Unión Americana.

No obstante, estas elecciones tienen muchos condimentos nuevos: fue la campaña más cara de la historia de Estados Unidos; todo indica que por primera vez en la historia más gente habrá votado -por correo o presencialmente- antes del día de las elecciones que durante los comicios propiamente dichos; y el propio presidente agitó el fantasma de un fraude al punto de generar temores declarados de la oposición de una crisis poselectoral.

El recambio en el Congreso y el Senado
La oposición demócrata no solo logró movilizar un número inédito de millones de dólares para recuperar la Casa Blanca, sino para castigar, por ejemplo, a su hombre en el Congreso -el jefe de la bancada mayoritaria en el Senado, Mitch McConnell- y a uno de los artífices de su mayor legado (más de 200 confirmaciones de jueces conservadores, tres de ellos en la Corte Suprema), el presidente de la Comisión de Justicia en la misma cámara, Lindsey Graham,

Mientras nadie -excepto Trump- vislumbra la posibilidad de que la oposición demócrata pierda el control de la cámara baja del Congreso, la movilización nacional en torno a varias elecciones senatoriales puso en peligro el dominio republicano de la cámara alta.

Los republicanos poseen hoy una mayoría de 53-47 en el Senado y mañana se pondrán en juego 35 bancas, 23 en manos de ellos y 12, de los demócratas.

El posible avance demócrata que pronostican la mayoría de las encuestas también podría expandirse sobre las legislaturas locales que se renovarán mañana y que, en este año particular, suman un valor extra.

Tras el reciente censo nacional, todos los poderes legislativos de los estados deberán redibujar el año próximo los distritos electorales y ya no es secreto que en muchos casos el trazado beneficia a la mayoría parlamentaria del momento.

El dinero no es ni la única ni la principal señal de que esta elección logró movilizar más a la sociedad estadounidense.

El Coronavirus se metió en la campaña
Antes de la pandemia, nadie podía dudar del triunfo de Donald Trump, la mejora del empleo y la marcha de la economía era pura bonanza pero en los últimos meses se sumó una inédita combinación de una pandemia que mató a más de 231.000 personas y profundizó la polarización entre un oficialismo que no la considera la prioridad política y una oposición que exige un cambio de rumbo, y una crisis económica que frenó el período de crecimiento más largo de la historia del país e inauguró una recesión, aún pese a algunos signos de recuperación.

En general, cuando un presidente busca su reelección, los comicios se convierten en una suerte de referéndum sobre su gestión. Pero esta vez, dado este complejo y distintivo contexto, la elección puede tener una alta volatilidad y hasta último momento no se sabe como puede definirse.